Durante décadas, el pacto de la industria financiera fue simple: tú entregabas tu talento y la institución se encargaba de formarte. Los mejores bancos tenían programas internos legendarios. Entrar era graduarse dos veces.
Ese pacto se rompió. Nadie lo anunció. No hubo comunicado, ni junta, ni memo. Simplemente, un año el presupuesto de capacitación llegó más corto. Al siguiente, el programa interno se volvió un curso en línea genérico. Y un día, la pregunta en las entrevistas dejó de ser “¿qué te podemos enseñar?” y se convirtió en “¿qué sabes hacer?”.
El mercado ya no espera a nadie. Los derivados que se operan hoy, los riesgos que se miden hoy, la inteligencia artificial que decide hoy — nada de eso estaba en el plan de estudios de hace cinco años.
El que no se actualiza, no se queda quieto: retrocede.
La mejor inversión es en ti. Siempre lo fue. Hoy, además, es la única que nadie puede quitarte.

